Por eso creo



Cuando somos invitados a participar en alguna actividad que requiere destrezas especiales, debe ser  porque seguramente conocen que nosotros compartimos los mismos intereses de los organizadores. Por ejemplo, nunca seré invitada a participar en una competencia de arco y flecha porque todos los que me conocen saben, que desconozco totalmente en qué consiste ese deporte. Así pues, podemos pensar en infinidad de cosas de las que no podemos ni hablar, ni practicar, porque simplemente las desconocemos. Igualmente si me entregan un micrófono, pidiéndome que hable de las bases moleculares de la vida, aunque sepa manejar muy bien el micrófono, yo no podré decir ni una palabra al respecto.

A veces pienso que envuelto en ese mismo pensamiento se encuentra el éxito o el fracaso de los que queremos llevar el sencillo mensaje de la fe en Jesús, a la gente que no lo conocen. Unos quieren aparentar lo que en realidad no son, porque con sus actuaciones y estilo de vida fracasan como representantes de Jesús, quien es el verdadero motivo del  mensaje. Otros, con sus constantes palabras de juicio y exclusión llevan un mensaje que solo logra alejar y limitar el mensaje del Maestro.

Al igual que el ejemplo del orador y del que practica el deporte de arco y flecha, el conocimiento es la diferencia que nos hará lograr el éxito en cualquier cosa que. emprendamos. Por consiguiente repasar cuanto conocemos el evangelio de la cruz, ese que pretendemos representar, debe ser la prioridad de los cristianos, en este momento de la historia de nuestros pueblos. La gente a nuestro alrededor necesita un gran motivo para creer. Necesitan un gran motivo para decir: "Por eso creo".

Y cuando hablo de conocimiento no me refiero a conocer cada libro de la Biblia ni de memorizar cada versículo, aunque eso puede ser muy buena idea. El mensaje que quiero llevarle es uno de experiencia profunda, experiencia que se obtiene acercándose y practicando el mensaje de la fe aún por encima de los mayores inconvenientes que podamos enfrentar. La mejor credencial que como cristiano podamos obtener, es la práctica sencilla pero profunda a la vez, de los frutos del espíritu.

En la vida me ha tocado experimentar momentos tan difíciles, que hubo momentos en los que me parecía que estaba perdiendo el aire poco a poco.

Les cuento que hace como ocho años Dios me libró de un accidente que pudo ser fatal. Ese día yo fui a recoger a mi prima a su casa para llevarla a una cita médica pues estaba padeciendo de cáncer de seno y no podía perder su cita. Su casa era un poco distante a la mía y la carretera era una de muchas curvas y pendientes. Aún así, con mucho gusto fui a buscarla aquella mañana y junto a sus dos niñas de tres y cinco años respectivamente, nos fuimos a su cita. Las acomodamos muy bien en el asiento de atrás y mi prima se sentó en el asiento del frente junto al mío. Recuerdo que dijimos unas palabras de oración antes de salir y comencé la marcha del carro mientras nos entreteníamos hablando de mil temas y mirando el paisaje tan hermoso de las montañas de mi tierra. Pero como a los diez minutos de estar guiando, yo sentí que los frenos del carro estaban fallando y yo no lo podía creer. Precisamente estaba pasando por la parte de la carretera que tenía más curvas y de repente sentí miedo. Igualmente al momento y como algo sobrenatural me tranquilicé no queriendo que mi prima ni las niñas se asustaran. Solo en voz baja le dije; "prepárate que de un momento a otro pasará algo porque el carro se quedó sin frenos"

En ese momento, le pedí a Dios con todas mis fuerzas que yo consiguiera un lugar donde poder detener el carro sin hacerle daño a nadie, en especial a las niñas que iban tranquilamente hablando sin imaginar lo que estaba pasando. En mi mente y como humana no sabía que hacer, además, literalmente no había ningún lugar seguro donde yo pudiera forzar el carro para detenerme. Seguí así como pude bajando la cuesta, cuando de repente quizá a unos veinte pies de distancia alcancé a ver un rótulo grande en lo que me pareció que era parte del patio de una casa de esquina. Eran segundos que me parecieron años y tenía que decidir rápido lo que debía hacer. Recuerdo que de repente me embargó una paz tan inmensa y sentí la seguridad que Dios no iba a permitir que nada nos hiciera daño, tan segura como que yo había conocido al Señor cara acara.

Cuando conoces la persona a la que le pides, bien sabes que no te fallará. Cuando clamamos por ayuda no es necesario recitar la Biblia, es necesario creer al que puede hacer el milagro. Así, tuve que lanzarme contra aquél rótulo, con el propósito de que el golpe no fuera tan fuerte y el carro se detuviera. Nos estremecimos dentro del carro pero las niñas ni mi prima recibieron golpes fuertes. De repente yo comencé a notar que no podía mover mis piernas y tenía mucho dolor en el cuello. Nos llevaron al hospital e inmediatamente me llevaron a la unidad especializada en traumas. Mis piernas seguían sin responder y los doctores me hacían pruebas preliminares, pero nada sucedía. Me hicieron placas, MRI y medicamentos para el dolor, pero yo continuaba igual.




Luego de un rato, uno de los doctores me vino a informar que me iban a preparar para enviarme en helicóptero a un hospital especializado en la condición que yo tenía. El diagnóstico estuvo relacionado con algún golpe que me afectó la vertebra, entre otras cosas. Se me salió una lágrima y a la vez le pedí que por favor me diera unos minutos antes de firmar la autorización. Me dejaron sola y allí lloré profundamente preguntándome porqué esto había sucedido. Le rogué al Señor con todo mi corazón, le dije en detalle como me sentía y así me fui quedando dormida. No sé cuanto tiempo pasó, pero desperté cuando un doctor al que no había visto aún, me examinaba repitiendo la prueba que ya me habían echo, que consiste en insertar una aguja en diferentes lugares de las piernas para ver si el paciente tiene sensación o movimiento. Como si no hubiese tenido nada, sentí hincadas en mis piernas y las pude mover. Esta vez lloré pero de alegría.
Para mi sorpresa me dieron el alta, y al caer la noche ya yo estaba en casa.



En un solo día pueden suceder muchas cosas, buenas y malas. Pero lo importante es que podamos tener en quien creer... un amigo en quien confiar en los momentos en que el mundo pareciera acabarse para nosotros. Yo tengo tanto que agradecer al Señor, no imaginan cuanto... "Por eso creo"