El aislamiento es usado en algunas dinámicas de la sociedad como castigo por algún acto voluntario o involuntario en el que se ha incurrido. Por ejemplo, las personas que se encuentran cumpliendo por un delito en una cárcel, y en especial los que incurren en violaciones serias, estando confinados, son trasladados a celdas totalmente aisladas como parte del castigo por sus actuaciones.
La soledad y el aislamiento son palabras que guardan alguna similitud pero no son lo mismo. Hay soledades que son provocadas por circunstancias específicas de la vida, como por ejemplo la pérdida por fallecimiento de la pareja de toda la vida, o en algunos casos, a causa de alguna enfermedad mental. Hay personas a las que es necesario aislarlas en una institución para la salud mental, porque su enfermedad provoca que se desenvuelvan en ocasiones, de forma violenta y sin control, aunque no siempre es así. Otras personas se someten voluntariamente a un tiempo en soledad porque lo creen necesario, sea que quieran descansar del bullicio diario o que han decidido que lo necesitan como un acto espiritual.
El mismo Jesús en una ocasión se separó de los que le seguían y subió a la montaña a encontrarse a solas con su Padre. Jesús quería orar a solas y no era la primera vez que lo hacía. Fuera a la montaña o al desierto, el Señor usaba la soledad como parte de los procesos y el camino hacia el cumplimiento de lo que el Padre había señalado para Él. Sabemos también, que en otra ocasión estando en soledad, Jesús fue tentado por Satanás. Durante cuarenta días y según este pasaje bíblico muy conocido por los cristianos, (Marcos 1:12-13), Jesús fue tentado con todo tipo de ofrecimientos a los que respondió citando la palabra que para nosotros los cristianos, es la que nos sostiene en la fe.
Como ven, la soledad, sea parcial o completa puede provocar resultados muy diversos entre sí. Según sea el origen de ese acto de separación de la vida regular, a de lo totalmente inusual, así será el resultado final. Por mi parte creo que la soledad tiene sus funciones en la vida y que estas pueden ser muy positivas y hasta agradables.
Después que me jubilé de uno de los empleos en que trabajé durante la mayor cantidad de años, casi de inmediato me dediqué a voluntariados en albergues para niños maltratados, que ocupaban la mayor parte del tiempo. Un verano comencé a laborar incluso como Presidenta de la Junta de Directores de uno de ellos y así fui ocupando más tiempo de "mi tiempo libre". Un día surgió la vacante de la dirección ejecutiva del albergue y la Junta me solicitó asumir su dirección a tiempo completo como Directora Ejecutiva. Fueron años preciosos en los que Dios me usó de formas en las que nunca pensé. Cuatro años después fundé otro albergue y me entregué por completo en la búsqueda de fondos, reclutamiento y adiestramiento de empleados y otras cosas que casi me atraparon en ese pequeño edificio de dos pisos. Aunque disfrutaba la misión que el Señor me había entregado, mis amigos y familiares más cercanos comenzaron a darme la voz de alerta.
El doctor me recomendó descansar, pero unas semanas después me surgió un dolor tan fuerte en el lado derecho de mi abdomen, lo que terminó en una operación de emergencia a causa de una seria inflamación en mi vesícula; apenas había tenido tiempo para atender los síntomas de la enfermedad que usualmente el cuerpo nos da cuando estamos enfermos. Aún así, y aunque laboré de esa manera durante años, era una tarea que me llenaba la vida y que sanaba mi alma. Cada día que me exponía a atender las crisis y situaciones de mis niños con problemas, sus abrazos con tanto cariño, me hacían olvidar el cansancio otra vez. Fueron el detalle más importante de mi vida, después de haber tenido en mis brazos a mi hija Keila.
Pero llegó el momento en que necesité tiempo a solas. Pero no fue fácil descubrirlo ni aceptarlo. Me tomó tiempo de indecisión y oración profunda para hacerlo. No fue un proceso fácil y muchas veces me faltó alegría.
Oraba como parte de la necesidad que tiene el alma de hacerlo, pero no porque estuviese segura que en soledad fuera a lograr descansar. Hubo días en que en realidad no sentía paz.
Pero al pasar los días, me convencí, de que ese tiempo en soledad me hacía mucho bien, y de que creer que lo que motivaba mis excesos era mi mejor justificación, pero estaba equivocada. No importa cuan digno o importante sea nuestro trabajo a todos nos es conveniente salir del bullicio de vez en cuando y evaluarnos por dentro. Ha diario y sin darse cuenta, hay personas que realizan trabajos o que dirigen ministerios, en los que la toma de decisiones y las tareas diarias de sus responsabilidades, pueden afectar sin querer, algunas áreas de su vida.
Por eso, mi acostumbrada recomendación en esta ocasión consiste, en recordar estar alerta cuando los excesos o alguna actitud inusual, sea por parte suya o de algún amigo, se esté convirtiendo en una situación dañina para la salud.
La extrema soledad y el alejamiento total del disfrute de nuestra cotidianidad, se puede convertir en una cárcel involuntaria creada por nosotros mismos. Por otro lado la soledad es para mí, un descanso breve y voluntario en el que aprovecho para recobrar fuerzas, tanto físicas como espirituales. A veces incluso, me retiro en soledad para recobrar la inspiración para continuar escribiendo.
Para finalizar quiero recordar, que no importa el uso que le demos a nuestro espacio en soledad, la oración no debe faltar en ese tiempo en silencio, en que solo se encuentra usted, y si gusta, también Dios.



