Llegar a las alturas





En 1998 tuve la gran oportunidad, de visitar el edificio más alto del planeta hasta aquél entonces.
Es ese, el inolvidable, para mí, Sears Tower en Chicago.

Actualmente se conoce además como Torre Willis, y se convirtió en el segundo edificio más alto  del mundo precisamente en 1998, destronado por las Torres Petronas de Malasia. Recuerdo que estuvimos almorzando en el restaurant The Signature Room, en el piso noventaicinco del Sears Tower desde donde se observa una vista impresionante y el servicio y la comida es exquisita. Nunca pensé almorzar desde tan alto.

A propósito, y hablando de alturas, al otro lado del mundo, en Dubai, se encuentra el edificio más alto del mundo en este momento, el Burj Khalifa. Es un edificio de 800 metros de altura, y sin duda impresiona a cualquiera incluso en las fotos. Aunque no sé si mientras escribo ya ha habido un cambio y otro edificio se ha construido. Unos son altos y otros más altos. Unos son menos alto, sin embargo tienen atracciones en su interior como restaurantes y otras que les hacen ver más atractivos a la vista de los demás, en especial a los turistas.



Por eso pienso que los edificios en ocasiones, se asemejan a la dinámica de las empresas, y en otras a la de las personas. Fíjese;somos diferentes y  no compartimos siempre la misma meta, pero todos queremos subir y subir y no bajar. Queremos que nos suban de puesto y que por consiguiente nos suban el sueldo. También queremos, si fuera posible, tener una estatura mayor, o sea, ser altos y no bajos. Y cuando ya alcanzamos subir o lograr la meta, entonces queremos subir más. Claro, pienso que el querer alcanzar nuevas metas no le hace daño a nadie, tampoco es asunto de los demás, solo nuestro.



Pero pensándolo bien y en honor a la verdad, creo que el pensamiento desmedido de subir y llegar cada día más alto, se ha ido convirtiendo poco a poco en una epidemia que no mide a quien llega ni el daño que hace. La actitud  para poder alcanzar las metas, no está siendo enfocada en valores adecuados tan importantes como pueden ser la cooperación, el afecto y la aceptación. Y peor aún, la competencia nos ha echo olvidar la importancia de la solidaridad hacia nuestros pares y se ha convertido en una dinámica desmedida y sin control. La realidad es que el mundo se sigue enfocando en las luces y la grandeza de las alturas y no en el camino correcto y justo para alcanzarlo.

Relata la Biblia que el Faraón, Rey de Egipto tenía todas las características de aquellos que solo viven de forma desmedida y que su corazón se encuentra inundado de orgullo. Muy pocos en los primeros siglos, han humillado y oprimido a su pueblo, tanto como lo hizo Faraón. En la Biblia, se encuentra la profecía con la que Dios relata los motivos de su decisión de entregar a Faraón para el pago de su maldad. En Ezequiel 31 y en especial en los versos 10 -12, Dios, mediante el profeta revela su decisión. El profeta Ezequiel hace alegoría de un gran cedro mostrando la superioridad del reino asirio contra el egipcio. Concluye advirtiendo que Faraón será juzgado igualmente como los asirios, y peor aún enfrentado con Nabucodonosor, quien sería su peor enemigo. A veces cuando el ser humano no desiste de su maldad, se encontrará casi siempre, con alguien que lo pondrá en su lugar.

Pienso que a veces, Dios nos regala el sueño de toda la vida y cuando nos sentimos altos en nuestra nube, nos olvidamos como fuimos transportados tan alto. Las alturas no son el problema, no hay nada más impresionante que las luces de una gran ciudad desde un edificio alto. El problema es que muchas veces las luces nos marean y perdemos el equilibrio. Así es la vida.

Quiera Dios, que tengamos la capacidad de mirar alto alto, buscando la luz de su grandeza y de su inmensa sabiduría.