Confío, confías, confiamos...






Confío, confías, confiamos... y siempre será así. Aunque se ha dicho que no es fácil confiar, el hombre siempre estará necesitando confiar en algo o en alguien. Al nacer, y luego según vamos creciendo, el nivel de nuestra confianza  se va transformando a causa de los diferentes factores a los que nos enfrentamos. No creo que la confianza aumenta, sino que la mayor parte de las veces ésta disminuye. Un niño, se lanza incluso con los ojos cerrados, en los brazos de su papá, porque sabe que éste nunca lo dejaría caer. No hay nada como confiar así.

Sin embargo, es mi opinión y la de muchos, que después que se pierde la confianza en alguien, muy difícilmente puede ser recobrada. Igualmente cuando confiamos profundamente en alguien, por encima de muchos factores seguimos haciéndolo. Pero cuando descubrimos que alguien en quien hemos confiado nos ha estado engañando, nos llenamos de un sentimiento de desolación y nos toma tiempo para reponernos; a veces nunca lo logramos.



Creo que nuestra propia naturaleza y las experiencias que en muy primera persona hemos vivido, pueden hacer la diferencia a la hora de confiar o de no hacerlo. En tiempos bíblicos, Moisés, en el desempeño de su posición como líder, en una ocasión en que se encontraba sobrecargado de trabajo, recibe un consejo de su suegro. En éste, le aconsejaba escoger entre los mejores hombres, varones de virtud; gente totalmente confiables para que le ayudaran. Moisés había conocido muy bien a su gente; sabía que entre ellos podían estar los hombres para continuar hacia la próxima encomienda, y así lo hizo. Libro de Éxodo:18-21

Sin embargo, David, según lo que describe la Biblia, en más de una ocasión exhortó a no confiar ni en los príncipes, ni en hijo de hombres; Salmo 146:3-4. Aunque no puede haber mejor actitud ante la vida que la de confiar en Dios, sin embargo la desconfianza extrema en los que nos rodean, no le hace bien al alma. David, en un momento dado fue un hombre engañador, quien puso a su mejor soldado al frente de su ejército para que muriese y así quedarse con su mujer. Siempre quedan las secuelas del pecado; a David no se le hacía fácil confiar porque había sido un vil engañador.




En todas las cosas existen límites y cada uno de nosotros podemos aplicarlos al tema de la confianza. Lo que debemos tener muy presente es que nuestra alma y nuestro espíritu deben vivir en armonía con el ejemplo de Jesús, el que nunca nos dará un solo motivo para desconfiar. Su antecedente es celestial, no tiene manchas... Él es Dios.

De seguro, que aún con mil temores, nos conviene poner nuestras dudas a sus pies; de seguro que nos dirá qué hacer.