Todos llegamos al mundo con un propósito; unos lo pueden identificar fácilmente y otros siguen en el proceso. En la lucha por conocer el destino que seguiremos, daremos pasos a ciegas, nos caeremos y también nos levantaremos muchas veces. La mayor parte de las veces, y a pesar de las caídas, siempre hay un grupo de personas, que no solo camina por la vida, sino que intenta dejar huellas en cada episodio de su existencia.
Y relacionado a este pensamiento, quiero contarles que el pasado sábado, estuve junto a mi hija disfrutando un paseo (en Puerto Rico le llamamos "una vuelta"), de esas que a veces hacemos sin planificarlo mucho. Visitamos un precioso lugar, aquí en Indiana el lugar donde residimos, llamado Indiana Dunes National Park. Es un inmenso parque de 15,000 acres rodeado de dunas de arena y golondrinas zarpadoras, que tienen sus nidos allí, y es un ambiente "algo similar" a lo que se conoce como una playa. En realidad, el lugar colinda por 24 kilómetros con el lago Michigan de la ciudad de Chicago, y es algo espectacular. A lo lejos se pueden ver los rascacielos de esta hermosa ciudad, de la que guardo tan gratos recuerdos. El tiempo que estuvimos allí, fue uno de mucha paz, de añoranzas y de recuerdos.
Por un rato estuvimos en silencio viendo el ir y venir de las olas y de las familias aquí y allá. Entonces, tuve la impresión, de que Dios estuvo hablando a mi corazón, y recordándome a su vez, el propósito por el que estoy en esta tierra. Recordé algunos de los momentos más difíciles de mi vida, pero además muchos otros, que me han permitido alcanzar las más inmensas alegrías, regalándome motivos de sobra para vivir. Miré a mis pies, que los tenía muy bien acomodados en lo tibio de aquella arena... fue una rica sensación.
Reflexioné una vez más, acerca de que la mano palpable de Dios en la tierra somos usted y yo. En especial, si hemos decidido cumplir con la encomienda de servicio y de amor hacia nuestro prójimo, que la mayoría tenemos. Pensé en las personas que han tocado puertas que nunca han abierto y en los que han esperado por manos que nunca se han extendido; los imaginé cansados dándose por vencidos...
Aunque esta mística experiencia, en realidad duró muy pocos minutos, sentí como si desde el cielo me recordaran la encomienda. Y esta es la misma para todos; "Marca las huellas de tu andar, profundamente y sin dudar nada"
Aunque esta mística experiencia, en realidad duró muy pocos minutos, sentí como si desde el cielo me recordaran la encomienda. Y esta es la misma para todos; "Marca las huellas de tu andar, profundamente y sin dudar nada"
Al momento, llegaron unas gaviotas (como sucede en las películas) que de pronto me hicieron volver a mi realidad. Me percaté de que Keila, mi hija, tomaba fotos que son precisamente algunas de las que les muestro en el post de hoy. En una de las fotos, verán mis pies que había acomodado en la arena, mientras me encontraba en meditación, y en la otra se ve una de las gaviotas que para mi impresión, se encontraba mirando a la inmensidad; "que locura".
Sea eso o no, lo que hacía la gaviota, la realidad es que este sábado, Dios me dio la oportunidad de repasar la encomienda que le diera a mi vida hace años. Ya en mi caso, los pies no son los mismos del comienzo de la carrera; hoy ya están cansados y doloridos. Y mis pensamientos, a veces, como la gaviota de la foto corren a la inmensidad sin rumbo. Pero de algo estoy muy segura, y es que la encomienda que nuestros corazones reciben de parte del cielo, no tiene caducidad. Que sean grandes o pequeños los proyectos en los que nos embarquemos, sean personales o grupales, siempre tendrán sabor a victoria cuando nos empeñamos en dejar huellas con el corazón.

